"No lo sé, nunca lo he pensado" te contesté escondiendo la muñeca izquierda en la bolsa del pantalón. "Yo a veces creo", dijiste quitándote los lentes de sol y evadiendo la mirada. "Es decir, no es casualidad que terminemos aquí, en la calle, un viernes por la tarde sin nada qué hacer" continuabas mirando en dirección a la tienda de zapatos.
"Mira a esa señora, por ejemplo, puede que mañana no sea ella la que venga a vender garnachas". A nuestra derecha una señora morena, de cabello cano, preparaba unas garnachas con frijoles, cebolla, crema de leche y queso y las exponía en la mesa ante el tránsito continuo de personas.
En una cartulina amarilla y desgastada se leía "¡Estás sí son garnachas!" escrito con mayúsculas y minúsculas intercaladas amontonadas en exagerados signos de exclamación. Reíste. Me hubiera gustado pensarlo, que todo fuese una casualidad, que esa señora estuviera ahí por nosotros. Pero el viernes siguiente cuando regrese y tú no estabas, la señora de las garnachas seguía siendo la misma. "No creo en las casualidades", debí contestar.